Asociación de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva

Juana Díaz Gil (1894 – 1936)

Cuando éramos pequeños en nuestras casas no se hablaba de mi abuela, sólo se escuchaban suspiros. Mi bisabuela y sus hermanas se reunían todas las tardes para rezar el rosario en casa de una sobrina, y yo recuerdo que casi siempre lloraban y hablaban muy bajito.

Cuando íbamos al cementerio con mi madre el día de «todos los santos», yo buscaba el nicho de mi abuela, sin hacer preguntas porque en mi casa era un tema tabú, pero nunca lo encontraba.

Sí observaba que cuando iba con mis padres por la calle y muchas personas mayores me comparaban con ella, siempre lo hacían con lágrimas en los ojos, pero nadie soltaba palabra.

Fuimos creciendo y el «tema tabú» seguía. En mi casa había una tienda de comestibles, propiedad de una tía de mi abuela, a quien también le asesinaron a su marido en la puerta del Ayuntamiento, con 52 años. Fue asesinado por el Capitán de la Guardia Civil, y después pisó su sangre.

Las personas que venían a comprar le pedían a mi madre explicaciones de lo que el periódico ABC de Sevilla publicaba cada día. En la tienda me enteraba de quienes se encontraban en el penal de El Puerto de Santa María (Cádiz), de maridos de personas de la calle Alpizar, que de día se encontraban escondidos en el campo y por las noches, muy tarde, volvían a sus casas a dormir, y antes de amanecer se volvían a esconder en el campo. Pues estas casas, los corrales, no tenían tapias y podían entrar y salir con facilidad.

Y así, cogiendo de unos y de otros, continuaba con mi enigma. Hasta que años más tarde y ya mayor, una hermana de mi madre, mi tía Catalina, que vivía en Isla Cristina y con quien pasaba parte del verano, me contó la historia de mi abuela.

Mi abuela se llamaba Juan Díaz Gil, era natural de La Palma del Condado, ama de casa, viuda, tenía 42 años y era madre de dos hijos: José Díaz Díaz y Miguel Díaz Díaz. Vivieron en la calle Alférez Cano, hoy calle del Medio, en el número 39.

Para ayudarse económicamente hacía bordados por encargo, ya que sus hijos con 20 y 18 años, habían sido llamados a fila para alistarse en el «Bando Nacional», por estar en guerra el país.

Mi bisabuela fue una mujer de mucho carácter y muy extrovertida, y en cuanto a amistades no distinguía entre ideales ni clases sociales. Por ello, mi abuela recibió un encargo de bordar una bandera Republicana, y aquello fue motivo para que la delataran.

El día 7 de agosto de 1936 fue sacada de su casa y llevada a la cárcel del pueblo. Fue sacada de la cárcel el día 13 del mismo mes y ahí se perdió su pista. Mi padre regresó de la guerra a buscarla pero nunca la encontró.

Hay señores mayores que me comentaron que la asesinaron a tiros en una cuneta en el puente de la Nicoba, entre San Juan del Puerto y Niebla; otros que fue en una cuneta camino de Chucena; en la cárcel de La Palma dijeron que se la habían llevado a la cárcel de Huelva, pero nunca se encontró.

En nosotros, sus nietos, no hay rencor hacia nadie ni buscamos venganza, porque nuestros padres así nos criaron, pero sí tenemos una obligación moral de buscarla y darle una sepultura digna, ya que nuestros padres no pudieron hacerlo.

Espero que las generaciones venideras analicen esta masacre y no vuelvan a cometerse jamás los mismos errores.

Loly Díaz

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