Asociación de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva

Román Arcos García

Román era un hombre alto, fuerte, conocido como “El Lunares” porque tenía un lunar grande en la mejilla, era una persona muy trabajadora y muy devoto de Nuestra Señora la Virgen de los Clarines. Hombre dedicado al campo, campo que cultivaba y cuidaba por un jornal con el que poder sacar adelante a toda su familia, es decir, a su mujer Catalina García Gómez y a sus cinco hijas: Josefa (11 años), Adelina (9 años), Martina (7 años), Romana (5 años), y Virtudes (3 años).

Me cuenta mi tía Martina, que tras los sucesos del 18 de julio de 1936, a su padre le encomiendan la tarea de esconder la imagen de Nuestra Señora la Virgen de los Clarines con el fin de que no fuese quemada. Su fe y devoción hacía la misma junto a la necesidad económica que tenía para dar de comer a sus cinco hijas en esos tiempos de guerra y hambre, hizo que aceptara esa proposición y llevara la imagen de la Virgen de los Clarines a casa de “Miracielo” (actual casa de Pastora, junto a la Peña del Barcelona).

Por este hecho, Román fue acusado, detenido y encerrado en la Iglesia que en esos días era utilizada como cárcel. Allí estuvo varios días junto con otros vecinos del pueblo. Durante esos días, mi abuela Adelina, con 9 años de edad, era la encargada de llevarle todos los días la comida a la Iglesia.

Uno de esos días, concretamente el 16 de agosto de ese fatídico año 1936, cuando mi abuela se dirigía a la Iglesia para llevar algo de comida a su padre, se encontró en la plaza a todas las mujeres llorando, y a todos los hombres que durante días habían estado encerrados junto a su padre montados en un camión, sin saber dónde lo llevaban ni para qué.

No me quiero imaginar lo que pasaría una niña de nueve años de edad viendo como se llevaban a su padre y escuchado todo lo que se decía y como marcaría este hecho la vida de mi abuela y de sus hermanas.

Salieron dos camiones cargados de hombres, uno dirección a Trigueros donde iba mi bisabuelo Román y otro con dirección a San Juan del Puerto, donde fueron fríamente fusilados. Asesinados en las tapias de los cementerios de dichas localidades.
“Me lo mataron y lo enterraron como a un perro” decía muchas veces mi abuela.

Fue asesinado sin poder defenderse, sin tener un juicio, por una acusación quien sabe si cierta o no, que aún siendo cierta, no merecía ese final.
Cuando Román fue asesinado el 16 de agosto de 1936, contaba con 42 años de edad y dejaba a su viuda Catalina al cuidado de sus cinco hijas pequeñas sin ningún tipo de sustento. En esos tiempos, el hombre era el encargado de traer a casa el jornal para que la mujer se encargara de llevar la casa hacia delante y se encargada de criar a los hijos/as. En esa época fueron muchas las familias que quedaron rotas, desamparadas y que tuvieron que buscarse la vida para seguir dando de comer a sus hijos/as.

Desde el momento, su mujer Catalina, sin tiempo para el dolor, para el luto, sin tiempo para llorar la muerte de su marido, se llevaba todo el día trabajando en todo lo que podía o le salía, porque tenía cinco bocas a las que dar de comer. Me contaba hace poco mi tía Martina, que su madre se llevaba todo el día buscando y recogiendo cardos, espárragos, berros (lo que daba el tiempo)…etc. estos productos luego los vendía José «el Burro» y le ayudaba mi Tía Martina, con 7 años de edad.

Al mismo tiempo, las dos hijas mayores, Josefa (11) y Adelina (9) comenzaron a servir en una casa en la que se ganaban un plato de comida caliente. Martina (7) ayudaba a vender los productos del campo que su madre recogía y se encargaba de cuidar de sus hermanas pequeñas Romana (5) y Virtudes (3).

¿Cómo hubiese sido la vida de estas cinco niñas si no hubieran vivido todo lo que vivieron?
Y es que la represión de la Guerra Civil, no son solo los hechos que ocurrieron en 1936, no solo fueron víctimas los hombres y mujeres que fueron asesinados. La represión es un proceso que marca la vida de todas las personas que de una u otra forma vivieron unidas a alguna de estas historias.

A mi bisabuelo lo asesinaron pero, ¿y la vida que les tocó vivir a su mujer y a sus hijas? Para mí son heroínas, cómo lucharon por sobrevivir, cómo se buscaron la vida, cómo salieron adelante sin tener recursos, cómo fueron superando todos los obstáculos, enderezaron sus vidas y fueron capaces de formar unas familias estupendas transmitiéndoles los valores esenciales de la vida sin ningún tipo odio ni de resentimiento hacia nadie.
Me contaba mi abuela y mi tía Martina lo ratificó, que cuando acabó la Guerra Civil, fueron casa por casa ofreciendo a los familiares de los asesinados una paga mensual, para lo cual antes debían firmar un papel donde decía que su marido en este caso resultó muerto cuando luchaba en el frente. A pesar, de tener cinco hijas a las que criar, mi bisabuela no firmó ese papel porque decía que su marido no había muerto en el frente, sino que había sido asesinado. Y este hecho me enorgullece enormemente. Me hace saber que era una mujer con grandes valores, luchadora, humilde y que prefirió luchar por su dignidad y por la verdad.

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